Vivimos en un mundo social y político convulso y cambiante. Y este se extiende también a la educación. Ser conscientes de este nuevo escenario es crucial para poder crear marcos de pensamiento acordes a nuevas necesidades educativas y que estos sean compartidos por la sociedad y, por lo tanto, se concreten en prácticas y políticas.
El camino de la objetividad (siempre controvertida) pasa no por pretender desprendernos de la ideología (esto es imposible) sino por explicitarla de la forma más transparente posible para que cualquiera pueda examinarla, contrastarla y criticar o comprender los motivos que originan nuestras propuestas. Discutir sobre ella, ponerla en crisis, criticarla, elaborarla, re-elaborarla,… y, en última instancia, decidir si esa es la ideología que queremos que rija nuestras decisiones o si el sentido, razón, o finalidad que queremos alcanzar es el más adecuado o el que creemos que está más justificado para la decisión que estamos tomando.
El bachillerato es una etapa fundamental. Representa la toma de contacto con conocimientos complejos de forma profunda al salir del tramo obligatorio de la educación. El problema es que dotarlo de sentido por sí mismo, se torna imposible cuando fundamentas su papel en la preparación para la prueba de acceso universitario.
Me preocupa desde hace tiempo esta idea tan extendida en todas las etapas, pero especialmente en la universidad, de que hay que secuenciar, medir y, en definitiva, controlar todo lo que forma parte del aprendizaje del alumnado.
Antes del inicio de las vacaciones navideñas, un sector del twitter educativo se “echaba las manos a la cabeza” con declaraciones aparecidas en prensa sobre la necesidad de poner al alumnado en el centro del proceso de aprendizaje. Reavivando el debate «déjà vu» sobre quién debe estar en el centro de la educación: alumnado o profesorado.
A partir de la polémica sobre la duración de la educación obligatoria en nuestro país, analizo algunas de las explicaciones que se han ido vertiendo estos días para, a continuación, explicar mi postura al respecto, ahondando en ciertas cuestiones que, a mi juicio, tienen mucho que ver con las argumentaciones de ciertos relatos y que rara vez se analizan.
Mucho se habla del famoso máster de profesorado y es frecuente escuchar, de uno y otro lado, las reclamaciones que sobre él se hacen. Pero, sobre todo, parece claro que este es insuficiente para formar al profesorado de secundaria. En este artículo, analizamos las claves que, a mi juicio, están en juego en este máster.
Desde hace cierto tiempo ha empezado a cobrar fuerza en educación el discurso sobre lo que se ha venido a llamar “tolerancia a la frustración” y que, a mí juicio, ha venido a suplir ciertos vacíos y a aportar algunos matices de la ya conocida “cultura del esfuerzo”: exigencia, nivel educativo y educación emocional son algunas de las cuestiones con las que suele vincularse.